15 Recetas de Posguerra que las Abuelas Españolas Cocinaban para Sobrevivir
¿Recuerdas el olor a pan duro frito en aceite en la cocina de tu abuela? Esas rebanadas de la víspera, duras como piedras, que se convertían en torrijas de pobres cualquier martes de febrero cuando no había nada más que dar a los niños antes de la escuela.Eran los años cuarenta y cincuenta en España. Las cartillas de racionamiento todavía mandaban en muchas casas hasta 1952. El aceite se medía con cuchara, el azúcar se guardaba en una lata bajo llave, y la carne, cuando había, era los domingos y solo si había suerte. Pero en esas cocinas, con cuatro cosas contadas, las abuelas españolas inventaron una manera entera de comer. Una manera que sus hijas heredaron sin darse cuenta, y que sus nietas ya casi no conocen.Este vídeo recupera quince recetas de posguerra que se hacían cuando no había de nada y aún así, en aquellas mesas con mantel de hule, se comía caliente. Desde las migas del pastor hechas con pan tan duro que había que humedecerlo la noche anterior, hasta las gachas de harina, agua, sal y aceite que llenaban el estómago hasta el mediodía. Las sopas de ajo que se tomaban en silencio mientras la lumbre se iba apagando, las patatas a lo pobre que se freían despacio hasta deshacerse en la boca, y las lentejas viudas que no llevaban ni chorizo ni morcilla, solo un hueso de jamón prestado entre vecinas del mismo barrio.Algunos de estos platos los reconocerás de inmediato. Otros puede que los hayas olvidado por completo. Está el bacalao desmigado que se estiraba para seis personas, el arroz con leche aguada hecho con leche en polvo de Auxilio Social, y hasta la tortilla de patatas sin huevos, cuando las mujeres hacían una pasta con harina y bicarbonato para imitar el huevo batido. También las cortezas de tocino que hoy tiraríamos sin pensarlo, los mejillones que se servían como si fueran almejas, el potaje de garbanzos hecho con espinas de pescado, y las natillas de almidón que servían de tarta de cumpleaños. Cada una de estas recetas cuenta una historia de ingenio, dignidad y supervivencia en tiempos donde estirar era el verbo de aquella cocina y nada, absolutamente nada, se tiraba.

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